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Mentime que me gusta: Tres mentiras en una conversación de diez minutos

21 Ene
Condenada por la ética y la religión, la falsedad es rescatada por estudios científicos que reivindican su función en la vida social. Nuevo libro de Paul Ekman, “Cómo detectar mentiras en los niños”.

La Nación Revista

Quien esté libre de decir mentiras, que tire la primera piedra. El 60% de las personas somos capaces de decir un promedio de tres mentiras en una conversación de diez minutos con un extraño (sin contar las exageraciones y omisiones), según reveló un estudio del psicólogo Robert Feldman, de la Universidad de Massachusetts. A esta conclusión llegó el especialista en 2002, cuando realizó una serie de pruebas con cámara oculta entre estudiantes voluntarios, y desterró de paso algunos mitos: hombres y mujeres mienten por igual, sólo que ellos generalmente lo hacen para mostrarse mejor a sí mismos, mientras que en ellas el propósito es hacer sentir mejor al interlocutor.

Denostadas desde un punto de vista religioso y moral, lo cierto es que la ciencia está reivindicando el papel de las mentiras en la evolución humana y como estrategia de adaptación a la vida en sociedad. Algunos estudios, incluso, sostienen que la mentira involucra funciones cerebrales superiores, y que la llamada “inteligencia maquiavélica” es lo que distingue a los seres humanos del resto de las especies.

“Desde 2001, más de 20 trabajos de investigación abordaron las bases cerebrales de la mentira y el engaño”, destaca Agustín Ibáñez, director del Laboratorio de Psicología Experimental y Neurociencias del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco) y miembro del Conicet. “La mentira involucra una red muy amplia de zonas del cerebro -entre ellas, la corteza prefrontal- que son requeridas en funciones cognitivas superiores”, explica Ibáñez.

A lo largo de la evolución, las especies que no han generado estrategias de engaño o mimetización tuvieron problemas de supervivencia. Algunos mamíferos, como los monos, son capaces de dar falsas señales para despistar a sus competidores y quedarse con el alimento. Sin embargo, “no son capaces de dar falsos positivos (decir que algo existe aunque en realidad no), respecto de predadores o comida”, advierte Ibáñez. En otras palabras, no pueden generar un “engaño táctico”, que implicaría inferir los estados mentales de la víctima y crear una situación falsa a partir de esa inferencia.

Para mentir, hay que conocer o intuir los deseos y preferencias de la otra persona, y elaborar una situación que le resulte creíble. Hay que usar lo que se llama “teoría de la mente”, la capacidad de inferir los estados mentales de los demás, algo que se ha demostrado que los bebes de muy corta edad ya logran hacer mientras se vinculan con su madre.

No obstante, el cerebro está organizado para decir siempre la verdad, y para mentir se requiere un esfuerzo extra. Las personas que no son capaces de faltar a la verdad suelen tener problemas de adaptación, ya que la vida social exige amoldarse a modelos que no son los propios. Ciertos trastornos, como el síndrome de Asperger y el autismo, se caracterizan por la absoluta llaneza y linealidad en la expresión, lo que dificulta el vínculo con otros.
Algunas causas

La verdad puede ser una sola, pero las mentiras son de muchos tipos y tienen diferentes causas; algunas son saludables y otras patológicas y destructivas. “Mentir puede ser un mecanismo de defensa ante una amenaza, real o fantaseada, de perder nuestro lugar, nuestro prestigio o nuestra relación sentimental”, dice la psicóloga Adriana Guraieb, de la Asociación Psicoanalítica Argentina. “Esta mentira es la más universal de todas: padres, hijos, jefes, empleados, amigos, cónyuges; todos recurrimos a ella alguna vez.” Hay, asimismo, mentiras para eludir responsabilidades: “No me llegó tu mensaje; estuve enfermo toda la semana; tengo un compromiso familiar que me impide ir a la reunión…”. También mentimos porque queremos agradar, salvar nuestra imagen, ser aceptados; porque queremos obtener un beneficio o un trabajo, o para evitar un castigo. Este grupo de mentiras son protectoras y hay que diferenciarlas de aquellas que implican una manipulación que perjudica a otros. No es lo mismo el niño que rompe un vidrio y dice “yo no fui” que decir que lo hizo un compañero.

Hay grados en la mentira que van desde las más inocentes y casi inconscientes hasta las más manipuladoras y patológicas, en las que el mentiroso no siente culpa, sino placer, por dañar a otros, como en el caso de los estafadores profesionales.

“De todos los desencadenantes de la mentira, el miedo es el más poderoso -dice la psicoanalista Guraieb-. Su incidencia es tan grande que lleva a mentir de forma compulsiva. En casos extremos, la persona vive en un estado de permanente ansiedad y, cuanto más miente, más necesidad siente de seguir haciéndolo. Llega un punto en que no puede diferenciar la verdad de la mentira.” De este modo se aleja de la realidad y cae en la mitomanía.

Las patas cortas

Sin llegar a casos patológicos, lo cierto es que hay personas más mentirosas que otras. Hay quienes son incapaces de decir la verdad. Para conseguir dinero prestado aducen tener un familiar enfermo, cuando en realidad necesitan pagar una deuda. O para tomarse un día laboral dicen que van al médico, y aprovechan el permiso para disfrutar del tiempo libre mientras los demás trabajan. Con la mentira obtienen lo que necesitaban. No obstante, casi siempre el engaño es descubierto y, aunque sea bienintencionado, termina destruyendo la confianza, que es la base de las relaciones humanas.

“La mentira tiene patas cortas”, dice la sabiduría popular, y por más elaborada que parezca, siempre queda un resquicio por el que la verdad asoma. A veces son los propios gestos, movimientos y tonos de voz los que delatan al mentiroso. El lenguaje no verbal y las microexpresiones son una rica fuente de datos para desenmascarar a los embusteros. Y en ellas se basa Carl Lightman, el protagonista de Lie to Me (ver recuadro), para resolver los difíciles casos que le asignan. La serie está basada en la vida real de Paul Ekman -psicólogo norteamericano y profesor durante más de 30 años en el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de San Francisco- y en sus aportes a la comprensión de este fenómeno; por caso, fue él quien elaboró la teoría de las microexpresiones. Para demostrar su idea de que hay expresiones faciales comunes a todas las culturas, y que no se pueden fingir, Ekman pasó varios años conviviendo con tribus en Africa y en el Amazonas. Escribió varios libros, y hoy dirige su propia empresa: Paul Ekman Group (PEG), que es contratada por compañías y organismos del gobierno para resolver crímenes y estafas de todo tipo. Es, además, uno de los asesores de los guionistas de Lie to Me y asegura en su blog ( http://community.fox.com/drpaulekman/blog ) que el 80% de lo que se ve en la serie está basado en comprobaciones científicas. Según Ekman, el lenguaje no verbal es la herramienta más poderosa para llegar a la verdad -“se puede mentir con las palabras, pero no con los gestos, el tono de voz y la postura del cuerpo”-. Y asegura que, como Lightman, todos podemos entrenarnos para detectar mentiras. Habrá que creerle…

Por María Gabriela Ensinck
revista@lanacion.com.ar

CHICOS SINCEROS, FAMILIAS CONFIADAS

“Mi hijo Billy me mintió y sólo tiene cinco años. ¿Es eso normal?”

“Michael miente constantemente. ¿Dejará de hacerlo cuando se vaya haciendo mayor?”

“Cuando mi hija me miente, me preocupa pensar que puedo estar haciendo algo que la haga mentir.”

En la introducción de su último libro -Cómo detectar mentiras en los niños (Ed. Paidós)-, Paul Ekman enumera algunas de las inquietudes que más frecuentemente quitan el sueño a los padres. Escrito en colaboración con su esposa, Mary Ann (ella contribuye con dos capítulos), el trabajo se propone “ayudar a que padres e hijos tengan una relación más estrecha, de mayor confianza y cariño”.

Profesor de Psicología en la Universidad de California en San Francisco hasta su jubilación, en 2004, Ekman, que se desempeñó también como asesor del Departamento de Defensa de los Estados Unidos y del FBI y obtuvo en tres ocasiones el Premio a la Investigación Científica del Instituto Nacional de Salud Mental de su país, en este libro se posiciona como un padre más, preocupado tanto por sus emociones (vergüenza, enojo, decepción) como por la peligrosa aparición de la desconfianza en la vida familiar el día en que descubrió que su hijo lo había engañado. “Ahí estaba yo, supuestamente una de las principales autoridades mundiales sobre la detección de mentiras, y además en proceso de escribir un libro sobre los niños y las mentiras, nada más y nada menos, y ¡engañado por mi propio hijo!”, se sincera el autor. “Mucho después, apareció el sentido del humor”, agrega, como aclarando que, en cuestiones de crianza, la capacidad para sacarle dramatismo a la vida puede ser tan crucial como el ejercicio mismo de la honestidad. Nociones tales como “confianza”, “autoridad” o “culpa” son frecuentemente mencionadas en un trabajo que, fundamentalmente, intenta indagar en los mecanismos psíquicos y madurativos que están en la base de las mentiras infantiles. Más allá de su decidida defensa de la verdad como eje de los vínculos afectivos, Ekman aclara: “La mentira reafirma el derecho del niño. Su derecho a desafiarnos. Su derecho a la intimidad. Su derecho a decidir qué cosas va a contar y qué cosas no”. En otro fragmento, reclama: “Intente, aunque parezca difícil, ver el mundo desde la perspectiva de su hijo”, confirmando que no se trata de aplicar una teoría mecánicamente, sino de, una vez más, dejarse guiar por la receptividad y el amor.

EL GRAN INQUISIDOR

Carl Lightman, el protagonista de Lie to Me, es un experto en detectar mentiras contratado por el FBI para resolver los crímenes más intrincados. La serie se basa en la vida y las teorías del psicólogo Paul Ekman, quien a su vez asesora a los guionistas.

Como en CSI, también en esta serie la pantalla se inspira en investigaciones científicas reales. En este caso, las que hizo Ekman en los 70, cuando determinó que existen más de 3000 expresiones faciales diferentes. Si bien la mayoría son fáciles de reconocer y controlar, otras son involuntarias y prácticamente invisibles para alguien no entrenado. Son las llamadas microexpresiones, que involucran 43 músculos de la cara y duran apenas un cuarto de segundo. En ellas está la clave para revelar las verdaderas emociones de una persona. Según Ekman, son comunes a todas las culturas y no se pueden fingir ni ocultar.

SEÑALES QUE DELATAN A LOS EMBUSTEROS

* Al hablar, el cuerpo se inclina hacia adelante.

* Traga más saliva o bebe más agua.

* Se toca la cara.

* Evita cruzar la mirada con la de su interlocutor.

* Disminuye el parpadeo, mira fijo.

* Aumenta las negaciones y las frases que contienen un “no”.

* Comete errores y lapsus en el discurso.

* Puede tartamudear.

Fuente Paul Ekman Group

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